18 La acepción del este término que acá uso refiere a las obras conocidas como “literatura”, que proceden de la imaginación de sus autores, en oposición a las producciones de los historiadores, que se basan en hechos fidedignos. Este es el sentido con que se usa principalmente en la lengua anglosajona y al que aludía Twain. 19 A partir de la “modernidad”, creemos vivir como si fuéramos individuos autónomos, esa es la mentira romántica a la que alude Girard: la gran literatura revela esa verdad. 42 sino que son resultado de la dinámica gregaria en la que estamos inevitablemente inmersos20 . Girard considera que las más excelsas novelas de la historia, en la tendencia que va de Cervantes a Dostoievski, revelan la inextricable e intensa dinámica de las emociones humanas (Girard, 1985, p.103). Este vislumbra, en su intrincado y denunciador trabajo de 1961, que los personajes de dichas elaboraciones ficcionales, manifiestan nuestra imposibilidad de escapar de la mímesis, un fenómeno que según él ha dejado mella en nuestra evolución como ningún otro: se define como una tendencia a calcar lo que vemos a nuestro alrededor21. Imitamos lo que nuestros cercanos forjan y seguimos sus patrones. Dicha propensión supera todas las pretensiones “románticas” de situar el origen de nuestra conducta en nosotros mismos como seres libres. En la fenomenología girardiana, paradójicamente, son las grandes novelas los dispositivos que exponen la más recóndita verdad de la existencia humana, rebasando así tanto a la ciencia como a la filosofía. Aquí es pertinente lo que plantea Palaver (2013): “Girard analiza la (...) creación de (...) Flaubert, Stendhal, Proust (...) y sostiene que ellos muestran(...) que los seres humanos basan sus propios deseos en los deseos de los demás, en oposición a la mentira romántica de la autonomía subjetiva22” (p.8).Interpreto que Girard hace alusión no solo a los grandes escritores de novelas modernas, sino también a aquellos que podrían tender hacia una línea “realista”( centrada en la cruda cotidianidad humana), en contraposición a aquellos autores que son de un corte “romanticista” (uno que hace énfasis en un idealismo y abstracción fantasiosa de nuestra vivencia). Si consideramos que la ficción supera la realidad, podemos definir esta última como la mentira romántica en la que hemos vivido históricamente, pensando ilusamente que podemos vivir del amor o de
20 Esta idea complementa el concepto sartreano de que “el infierno son los otros”. 21 Me cuestiono hasta qué punto la repetición de patrones de nuestro entorno es o no un fenómeno que se da consciente e inconscientemente. En mi interpretación puede ocurrir en los dos frentes. Girard considera que el mecanismo mimético es inconsciente y el de la imitación consciente. En ese caso, el espectro de la mímesis es más profundo, subyace al de la emulación, casi como una estructura del “inconsciente colectivo” jungiano. 22 Traducción mía. “Girard (...) analyzes the novelistic creation of (...) Flaubert, Stendhal, Proust(...) he argues that these authors (...) show (...) that human beings base their own desires on the desires of others, in contrast to the romantic lie of the autonomy of mankind”. 43 otros platonismos o que el deseo se da de un modo natural, innato, continuo, bilateral, dispensado: de tal delirio nos liberaría la gran literatura sobre la que insiste el francés. En Girard, dicha caracterización de nuestra esencia, se concreta en el aspecto emulativo de las relaciones humanas, que él considera como determinante en nuestra mecánica en el mundo. Copiamos de otros nuestras directivas y reiteramos históricamente procedimientos psíquicos que se reproducen de una forma triangular en nuestro entorno: en este caso, el deseo no se mueve de manera lineal entre un sujeto y un objeto, como lo veíamos ya en Sartre, sino que se experimenta de tal modo que un “modelo” destina a su seguidor un elemento a anhelar. La lógica del mimetismo -que constituye la más relevante y universal categoría girardiana- refleja un fenómeno que no solo se puntualiza como remedo sino así mismo como ocultamiento: un doble carácter de esta dinámica social presente en nuestro devenir. En el deseo mimético (Girard, 1985, p.52) no solo duplicamos -sensata o automáticamente- formas de relacionamiento con el otro, sino que nos adaptamos y camuflamos en nuestro medio (Girard, 1985, p.20): esto con el fin de no generar un repudio-rechazo grupal, al seguir esquemas de comportamiento que no causan perturbación (tal como lo describieron Freud y Frazer al estudiar los tabús y tótems). En el deseo mimético aspiramos y buscamos aquello que nos señala un tercero. Como otros mecanismos antropológicos, Girard considera que este fenómeno ha permanecido inadvertido-oculto en nuestra autoconciencia desde tiempos primitivos. Se propone él revelar estos dispositivos de desenvolvimiento cultural: constituyen para él la “unidad” de la enrevesada y polifacética dinámica humana. Esta la encuentra en la literatura. Bajo este análisis, el deseo en el autor de Du doublé à l’unité, no solo explica nuestras ansias personales, sino así mismo los artilugios por los cuales se da un control social, dado que dicho dispositivo triangular crea cierta homogenización en nuestra convivencia en alteridad. El ejemplo antonomástico acá es el de Alonso Quijano con respecto a Amadís de Gaula. Sobre esta temática expone: Quijote ha renunciado (...) a la prerrogativa (...) del individuo (...) no elige los objetos de su deseo (…) Amadís (…) debe elegir (...) El discípulo se precipita hacia los objetos que le designa (...) el modelo (...). Denominaremos a este (…) mediador (...) La existencia caballeresca es la imitación de Amadís en el sentido en que la existencia del cristiano es (...) Jesucristo. En (...) la mayoría de las 44 obras de ficción los personajes desean con mayor simplicidad que (...) Quijote. No existe mediador, sólo (...) sujeto y (...) objeto. Cuando la «naturaleza» del objeto apasionante no basta para explicar el deseo, (...) volvemos hacia el sujeto (...) su «psicología» o (...) «libertad». (…) podemos representarlo por una (...) recta que une (...) sujeto y (...) objeto. En (…) Don Quijote, la línea (...) no es lo esencial. Por encima (...) existe el mediador que ilumina (...) el sujeto y el objeto. La metáfora (...) que expresa esta (...) relación es (...) el triángulo. (...) Quijote es la víctima ejemplar del deseo triangular, (…) lejos de ser la única. (...) el más afectado es (...) Panza. Algunos deseos de Sancho no son (...) una imitación; (...) la visión de un (...) queso o (...) vino. (...) Sancho tiene más ambiciones (...) Desde que frecuenta a Don Quijote sueña con una «ínsula» (...) Esos deseos no han llegado espontáneamente. (...) Quijote (...) los ha sugerido. (...) Estos nuevos deseos forman un nuevo triángulo cuyos vértices ocupan la ínsula (...) Quijote y Sancho. (...) Quijote es el mediador de Sancho. Los efectos del deseo triangular son los mismos en los dos (...). Tan pronto como se deja sentir la influencia del mediador, se ha perdido el sentimiento de lo real, y el juicio queda paralizado23 (Girard, 1985, p.9). La falsedad romántica se precisa como un movimiento de pensamiento social que gira sobre la fe de la posibilidad de la soberanía personal, el cual Girard desmiente incisivamente, enfatizando que no podemos librarnos de la incidencia del otro en nuestras vidas, pues este se encuentra presente dentro de nuestra misma psiquis. Por lo tanto, en nuestro autor el “romanticismo” no se define como una corriente cultural específica y ni siquiera-ni exclusivamente como un género literario, sino más bien como una tendencia intelectual y humana de sublimar de un modo idílico tanto al individuo como las relaciones interpersonales. Según esto, esa predisposición ha creado en nuestro devenir histórico la creencia (Girard, 1985, p.32) de que subjetiva, libre y directamente deseamos o amamos, cuando esto, en realidad, no constituiría sino un desvarío platónico: lo que de hecho hacemos es duplicar prototipos de proceder y proliferarlos incesantemente. Dicho “velo de maya” es corrido por la revelación literaria de que no somos sino resultado de un ambiente que nos subsume, y nos lleva -de un modo maquinal- a repetir diseños gremiales ancianos, o a dejarnos regir por lo que acontece en nuestra periferia, en relación al corrosivo fenómeno de la alteridad. En este sentido la tesis girardiana señala que nuestra intimidad está estructurada en base a nuestra relación con terceros24 . Esta situación consiste en una suerte de alienación respecto a nuestra relación con los demás (a la que hacía referencia Sartre). De tal modo, se descartan los ideales decimonónicos de un ser emancipado, que
23 Esto recuerda el carácter complejo -turbador y enviscante- del deseo humano tal como lo ilustra Sartre. 24 En Girard, la intimidad subjetiva es causada por la mímesis: en nuestra más profunda interioridad, solo encontramos al otro que nos ofrece los modelos del deseo, y en consecuencia, todas las formas de existencia. 45 crea su propio sino en contra de los condicionamientos de un pasado dogmático-despótico, y de las acometidas contra la manumisión y la intimidad: imaginarios que paradójicamente -para Girard- se fraguaron en gran medida en la cultura francesa. Pero, así como este interesante escritor se apartó de su lugar natal, también su fenomenología de la humanidad se aleja de la afección de sentimentalistas como Hugo y Chateaubriand (Girard, 1985, p.56). Por otra parte, es paradójico que nuestro estudio de caso -tercer capítulo-, lo advertiremos en tal vez el más impetuoso de los grandes escritores de todos los tiempos, mostrando cómo un romántico consagrado también puede manifestar la profundidad del deseo. Allí comprobaremos la tesis girardiana de que en la literatura vemos reflejada - como en ningún otro lugar- la realidad humana. Verificaremos allí la certeza de la idea sartreana de que el infierno son los otros, sin dejar de tener en cuenta que es uno de los más grandes exponentes de la relación entre filosofía y literatura. Acerca de esta sugestiva discusión y debate contrastante, que a propósito de la naturaleza humana encontramos entre el talante novelesco y el romántico, nos ilustra: Sólo los novelistas revelan la naturaleza imitativa del deseo. (...) la imitación más fervorosa es la más (…) negada. (...) Quijote se proclamaba discípulo de Amadís (…) El (...) romántico (...) no quiere ser discípulo de nadie. Se persuade de que es (…) original. (…) en el siglo XIX, la espontaneidad se convierte en dogma, derrocando a la imitación. No nos dejemos engañar, (…) los individualismos (…) ocultan una (…) copia (…) el odio de la sociedad, la nostalgia del desierto, (…) el espíritu gregario, sólo encubren (…) una enfermiza preocupación por el otro. Para camuflar el papel (…) que desempeña (…) en sus deseos, el vanidoso (…) apela (…) a (…) la ideología reinante. (…) Stendhal no descubre el impulso (…) de un ser realmente dispuesto a entregarse sino (…) el movimiento (…) de un Yo impotente de desear por sí mismo. (…) Subjetivismos y objetivismos, romanticismos y realismos, individualismos y cientificismos, idealismos y positivismos se oponen en apariencia, pero secretamente coinciden en disimular la presencia del mediador. (…) son (…) esa mentira que es el deseo espontáneo25 (…) defienden una (...) ilusión de autonomía a la que el hombre moderno está (…) vinculado. (…) A diferencia de los (...) románticos (…) un Cervantes, un Flaubert (…) desvelan la verdad del deseo (…) el término novelesco refleja (…) por su ambigüedad, la ignorancia que tenemos respecto a la mediación. Este (…) designa (…) a Don Quijote; puede ser sinónimo de romántico, pero también (...) la ruina de las pretensiones románticas. (…) reservaremos el término romántico para las obras que reflejan la presencia del mediador sin revelarla jamás y el término novelesco para las (...) que revelan dicha presencia. El presente trabajo está dedicado (…) a estas últimas (...). El prestigio del mediador se comunica al
25 Forma metafórica en que Girard revela la verdad de la condición humana. El “juego” entre los significados
de lo “novelesco” y lo “romántico” es muy sugestivo, sobre todo si se considera lo que ocurre con los
idiomas: romanesque/romantique, fictional/romantic, etcétera. Es como si se quisiera confundir al lector para
al final mostrarle que la ficción está más cerca de la realidad que lo que desde antaño románticamente hemos
creído, y en esto reside el fundamento de nuestra antropología, del significado y desentrañamiento de nuestro
más hondo ser.
46
objeto deseado y le confiere un valor ilusorio. El deseo triangular (...) transfigura su objeto. La
literatura romántica no desconoce esta metamorfosis (…) se aprovecha (…) de ella, pero jamás
revela su auténtico mecanismo. (…) El novelista es el único en describir esta (…) ilusión de la que
el romanticismo (…) hace responsable a un individuo solitario. (…) Las poéticas solipsistas (…) son
(...) expresión de este rechazo. Los (…) románticos felicitan a Don Quijote por confundir una (…)
bacía de barbero con el casco de Mambrino pero (…) la ilusión no existiría si (…) no imitara a
Amadís (Girard, 1985, p.20-22).
De tal modo, la teoría girardiana del deseo -en relación a nuestro capítulo 1-, no se
limita a una explicación introspectiva, anímica y bilateral, de una individualidad pasional
con libre albedrío26, en que como entidad independiente elijo en convicción lo que me hace
falta. Ahora el panorama se hace al mismo tiempo más grande, sofisticado y eclosionado:
el deseo también desciende de un proceso tripartita, en que otro nos señala o compite el
objeto que aspiramos. Al respecto es idóneo el planteamiento del filósofo Daniel Ribero
(2011, Abstract):” Girard lleva hasta sus últimas consecuencias una afirmación de
Aristóteles en su Poética: El hombre se diferencia de los demás animales (…) es el ser
que más tiende a imitar (…) devolviendo al concepto de mímesis su significado (…)
antropológico (…) social”. Este proceso puede multiplicarse eternamente en la vida
colectiva, dependiendo de los niveles de embrollo gregario en que nos desplegamos. En
este sentido, el esclarecimiento de los enigmas del comportamiento humano, recae en la
observación y descubrimiento de las estrategias y vicisitudes de nuestras esperanzas y
anhelos, disputas y apuros, ambiciones y desengaños, adquisiciones y frustraciones, y una
colosal serie de emociones y situaciones en que nos vemos inmersos al habitar en sociedad.
Ese es el centro de estudio de este escritor. En referencia a esto, es acertado lo que anota
Bjørnar (2009): “Girard es ambicioso; intenta repensar los principios fundacionales de la
cultura humana a partir del deseo mimético y el chivo expiatorio (...) No afirma haber
encontrado la única verdad (...) pero postula una hipótesis capaz de integrar los fenómenos
históricos27” (p.21). Su resultado nos lleva a entender nuestra arcana dinámica, con un
aporte desde la antropología filosófica de un temple y potencial inventivo que tal vez no se
26 Como era tendencial antes de 1961 en los estudios sobre el deseo. 27 Traducción mía: “Girard’s system is extremely ambitious as he tries to re-think the founding principles of human culture from basically two structures: mimetic desire and the scapegoat mechanism. (...) He does not claim to have found the only truth (...) but he postulates a hypothesis, capable of integrating (...) historical phenomena”. 47 había dado desde Freud o Foucault. También es relevante destacar que la literatura, como dispositivo explicativo de nuestra conducta, tal como la toma Girard, es mucho más antigua que la filosofía misma, llevándole una ventaja en el vislumbramiento del entendimiento humano. Homero fue antes que Platón, se pasó “del mito al logos”. Frente a la lógica oculta del deseo, desde su peculiar fenomenología brotada de la literatura, como módulo revelador de nuestra genuina condición, superior en alcance tanto a la filosofía (Girard, 1996, p.129) como a la psicología y la sociología, nos comenta: La pasión caballeresca define un deseo según el otro que se opone al deseo según uno mismo que la mayoría de nosotros nos enorgullecemos de disfrutar. Don Quijote y Sancho sacan del otro sus deseos, en un movimiento tan fundamental (...) que lo confunden (...) con la voluntad de ser uno mismo. Se objetará que Amadís es (…) fabuloso (…) pero la fábula no tiene a Don Quijote por autor. El mediador es imaginario, la mediación no (…) Detrás de los deseos del héroe, existe la sugerencia de un tercero (…). La obra de Cervantes es una (...) meditación sobre la influencia nefasta que pueden ejercer entre sí las mentes más sanas. Si exceptuamos su caballería, Don Quijote razona (…) con mucho sentido común. Sus escritores favoritos tampoco son (…) locos: no se toman su ficción en serio. La ilusión es el fruto de (…) dos conciencias lúcidas. (…) En (…) Flaubert volvemos a encontrar el deseo según el otro y la función «seminal» de la literatura. (…) Los aspectos externos de la imitación son (…) sorprendentes, (...) los personajes de Cervantes y de Flaubert imitan (…) los deseos de los modelos que libremente se han otorgado. (…) Stendhal, insiste (…), en el papel de la sugestión (…) existe una imitación de ese deseo imaginario (…) ya que todo (…) depende en el deseo copiado, del deseo (…) modelo. (…) el mediador es un rival, suscitado (…) por la vanidad (…) Esta rivalidad entre mediador y sujeto deseante constituye una diferencia esencial con respecto al deseo de Don Quijote o (…) Bovary. (…) el mismo mediador desea el objeto (Girard, 1985, p.3-8). Lo precedente lleva a la bifurcación del esquema girardiano de la lógica del deseo: tenemos dos posibilidades dependiendo del nivel de rivalidad (Girard, 1985, p.178) y aislamiento entre pretendiente y modelo. Por una parte, la “mediación externa”, en la cual puede haber un recorrido material y siempre uno abstracto entre aquellos, no hay riesgo de que acaezca una disputa o azoramiento, sino más bien una veneración o fervor, tal como ocurre entre Don Quijote y su ídolo. Es una figura lejana que probablemente ni siquiera es de la misma generación que la del deseante, tampoco le disputa de ninguna manera su aproximación al objeto, es más, tal vez le señala como acceder a éste más fácilmente, al menos le muestra una forma de relacionarse con el mismo; para Girard es ejemplar en este caso el personaje de Flaubert, Bovary (Girard, 1985, p.22). En situaciones de mayor cercanía (más cotidianas y menos fantasiosas), en cuanto los escalafones sociales se hacen más difusos, o donde hay una mayor confluencia de intereses en un contexto más 48 colindante, tenemos el surgimiento de la mediación interna: el sujeto y el modelo -de entrada, o paulatinamente- se convierten en antagonistas y terminan deseando lo mismo. Se trata de una estridencia inherente a dicha dialéctica, donde dos seres pugnan por conquistar la misma reivindicación, dentro de un espacio al que se ven reducidos. Como ya nos mostraba Sartre en su estudio de nuestra relación con la otredad, el escenario de A puerta cerrada nos confina a un espacio del que los actores no pueden huir: es un lugar perfecto para el desarrollo de la mediación interna girardiana, el de un infierno donde el apocalipsis no es para nada distante; dos categorías de nuestros filósofos franceses donde coinciden.Allí la inminencia de la conflictividad es innegable -una donde estamos constreñidos por la presencia de nuestros prójimos-: dicha contienda crece cuando se comprime el trayecto entre los dos candidatos. Dependiendo de la conformidad de dicha tipología mimética, o bien ya existía una concurrencia entre los adversarios, o tenemos lo siguiente: un modelo que antes se consideraba superior y que era reverenciado como talismán, deviene con el tiempo en un enemigo, en la medida en que entra a reñir el elemento querido por el otro, que poco a poco ha ganado un mayor poder. Esto podría ocurrir en el caso de un discípulo que llega en cierto momento a batirse con su maestro, en una atmósfera en que no se da una gran diferencia de edad entre ellos, o donde no la hay en absoluto (Girard, 1985, p.72). Cuando existe una gran competitividad entre dos entes, no le satisface tanto al ganador lograr poseer el objeto, como el hecho de disfrutar que su antagonista no logre arrebatárselo (1985, p.95). La revancha o el vencimiento del contrario genera mayor complacencia que la posesión del objeto del deseo. Esto puede llegar a tal punto en la confrontación mimética, que inclusive -consciente o inconscientemente- el tenedor de un objeto de deseo apetecible socialmente, puede llegar a exponer el mismo para comprobar si este realmente le pertenece, tal como ocurre en el caso de las historias del Eterno marido y el Curioso impertinente: este fenómeno constituye una sugestiva inclinación de la escuadra antropológica girardiana, que vemos manifiesta en la narrativa dostoievskiana respecto al tema de las complicadas relaciones interpersonales, que