Desde aquí invito a los cazadores de tendencias a imaginar de que manera se podría traducir el EGO en forma de fragancia. Culturizarlo que no promover el culto hacia él. Transformar un rechazo frontal que nuestra mente desata con solo escuchar la palabra. Imaginando que eso del YO se pueda parecer al aroma de un vagón de cercanías en agosto a las siete de la tarde. Sufrimiento para las narices finas ante un panorama cuando menos poco agradable.