Ponerse ante cualquier clase de material con el objetivo de expresar algo, (tanto si es una roca de granito como una humilde hoja en blanco) es un reto para el que decide hacerlo. Es como el salto del artista al escenario. Lo difícil es dar el primer paso hacia los focos, después todo fluye como el cauce de un río. A velocidad variable, en función de la orografía, sin detenerse nunca para encontrar el mar. Poner la primera palabra y viajar hasta el último punto sintiendo la sensación de que siempre queda el mensaje inacabado, que no has encontrado todos los recursos que necesitabas para hacer público eso que te ha inspirado y que no termina de colmar la necesidad de compartir lo que te emociona o escuece. Cuadros, libros, novelas, esculturas, ensayos, artículos que comienzan y terminan sin alcanzar el fin. Así son las historias que algunos alocados funambulistas de la palabra llevan a unas cuantas cuartillas en blanco solo con la intención de liberar presión en el pecho, estómago o cabeza. Para algunos es vocación, para otros su profesión. Para todos, necesidad. Son tiempos difíciles estos que están convirtiendo el contar las cosas en una actividad de riesgo.